El
malestar lo venía soportando hace días, y nada… La ecografía tampoco había
servido porque el ecógrafo no estaba seguro. La gran duda era, ¿tenía o no
apendicitis?
Llegamos
a Rosario, largo viaje hasta el Sanatorio Británico. Apenas llegué me dijeron:
“Te estábamos esperando”. Me sentí tan importante, lo que podía lograr tener
contactos. Llegué con mis últimos análisis, la mochilita con ropa, cepillo de
dientes y el cargador del celular. Iba a ser mi primera internación.
Lo
primero que hicieron fue ponerme el suero, cuando me comentaron que mi mamá no
podía estar conmigo mientras me ponían la vía en la mano se me vino el mundo
abajo. Sí, gran noticia, no solo soy cagona, sino que también mamenga. Pero al
rato apareció mi mamá, súper alterada porque podían llegar a operar por primera
vez a su nenita más chiquita. Cabe aclarar que su nenita tenía ya dieciocho
años y estaba en su primer año de facultad.
Apareció
el enfermero y me hizo tomar un líquido asqueroso, el contraste, que era para
que más tarde me hagan la tomografía. Mi mamá estuvo alterada hasta que
apareció Mariano, el hijo de mi pediatra, quien también era médico. Todo
indicaba que iba a ser mi primer operación, pero estaba tan harta del dolor que
ya no me importaba, casi no sentía miedo. Casi.
La
tomografía fue lo peor, el líquido que te ponen te hace arder todo el cuerpo y
el estar ahí sola no me gustaba, llore, se les salió la vía, me la pusieron mal
y encima terminé semi desnuda delante de gente que jamás había visto ni volví a
ver. Salí y me dieron la noticia. “No tenés apendicitis” ¡Gracias! No me iban a
abrir al medio. “Igual te tenés que quedar internado hasta pasado mañana”. Ok,
adiós felicidad.
Después
de un largo día pasé a la habitación, donde ya había una mujer a la que le
habían sacado un tumor de la cabeza. Muy simpática, con ganas de vivir pero
consciente de que eso podía cambiar en cualquier momento. Miedosa y con ganas
de estar en constante actividad para no hacerse la cabeza. Charlaba mucho,
dormía poco y mirábamos la televisión juntas.
Después
de dos noches y tres días me dieron el
alta, justo el día de la madre. Me despedí de la mujer, me despedí de la
simpática enfermera que me atendió y me fui con mi apéndice dentro de mi
cuerpo, con mi mama contenta porque estaba todo bien, y con una sorpresa
esperándola en casa.
Pilar
Bordoni
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