sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Apendicitis?

El malestar lo venía soportando hace días, y nada… La ecografía tampoco había servido porque el ecógrafo no estaba seguro. La gran duda era, ¿tenía o no apendicitis?
-Te va a tener que ver un ciruja, Pili.- Siempre fui muy miedosa así que apenas escuche esa oración sentí como se acercaban las lágrimas, pero me hice la fuerte delante de mi pediatra. Claro, como si no me conociera desde que nací.
Llegamos a Rosario, largo viaje hasta el Sanatorio Británico. Apenas llegué me dijeron: “Te estábamos esperando”. Me sentí tan importante, lo que podía lograr tener contactos. Llegué con mis últimos análisis, la mochilita con ropa, cepillo de dientes y el cargador del celular. Iba a ser mi primera internación.

Lo primero que hicieron fue ponerme el suero, cuando me comentaron que mi mamá no podía estar conmigo mientras me ponían la vía en la mano se me vino el mundo abajo. Sí, gran noticia, no solo soy cagona, sino que también mamenga. Pero al rato apareció mi mamá, súper alterada porque podían llegar a operar por primera vez a su nenita más chiquita. Cabe aclarar que su nenita tenía ya dieciocho años y estaba en su primer año de facultad.

Apareció el enfermero y me hizo tomar un líquido asqueroso, el contraste, que era para que más tarde me hagan la tomografía. Mi mamá estuvo alterada hasta que apareció Mariano, el hijo de mi pediatra, quien también era médico. Todo indicaba que iba a ser mi primer operación, pero estaba tan harta del dolor que ya no me importaba, casi no sentía miedo. Casi.

La tomografía fue lo peor, el líquido que te ponen te hace arder todo el cuerpo y el estar ahí sola no me gustaba, llore, se les salió la vía, me la pusieron mal y encima terminé semi desnuda delante de gente que jamás había visto ni volví a ver. Salí y me dieron la noticia. “No tenés apendicitis” ¡Gracias! No me iban a abrir al medio. “Igual te tenés que quedar internado hasta pasado mañana”. Ok, adiós felicidad.

Después de un largo día pasé a la habitación, donde ya había una mujer a la que le habían sacado un tumor de la cabeza. Muy simpática, con ganas de vivir pero consciente de que eso podía cambiar en cualquier momento. Miedosa y con ganas de estar en constante actividad para no hacerse la cabeza. Charlaba mucho, dormía poco y mirábamos la televisión juntas.

Después de dos noches y tres días  me dieron el alta, justo el día de la madre. Me despedí de la mujer, me despedí de la simpática enfermera que me atendió y me fui con mi apéndice dentro de mi cuerpo, con mi mama contenta porque estaba todo bien, y con una sorpresa esperándola en casa.


Pilar Bordoni

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