Recuerdo
que hacia frio, porque llevaba una bufanda, iba en el colectivo 133,
del lado de los asientos dobles. Pasábamos por la esquina de Alem y
Gaboto de la ciudad de rosario, mire por la ventana y vi algo
extraordinariamente bello.
Yo
tenía 13 años, y ese mismo día fui corriendo hacia los brazos de
mi papá para decirle: “Papi,
quiero hacer teatro”. Después
de varios “chamuyos” de cuan positivo iba a ser, que haría
amigos nuevos, que siempre me había gustado, pude convencerlo y
accedió.
Unas
semanas más tarde, acompañada de mi mamá arranco la travesura. El
teatro
“Saulo Benavente”
era enorme, por lo menos para mí, desde afuera se podía ver todo el
hall de entrada (ya que sus paredes del frente son todas de vidrio)
bien iluminado y con paredes gastadas color beige. Entramos y nos
recibió una mujer vieja, un poco chueca, de cara extraña, de pelo
morocho con mechones de colores violeta y verde. Su nombre era Gladys
Temporelli, y era la directora del Teatro. Me invito a entrar a la
sala.
Cuando
se abrió la puerta, sentí un pequeño enamoramiento. Un escenario
imponente te recibía; en el piso una alfombra color azul bastante
gastada, con algunos chicles pegados que se notaba eran de varios
años, las butacas color bordó, también gastadas.
Empecé
con clases de teatro y luego me sume a comedia musical. Distintos
profesores pasaban por allí, de puesta en escena, de danza, de
canto, todos muy simpáticos y con alguna característica que te
invitaban a imitarlos, alguna mueca, una voz rara, la forma de
pararse, hacía a todos sacar su creatividad a ver quién ganaba el
concurso del día al mejor imitador.
Éramos
muchos alumnos, y todos los años se sumaban muchos más. Había de
muchas edades. Siempre me tocaba entrar a alguna clase justo después
del turno de los más pequeños, ¡Siempre había olor a pata! Si, a
nuestra profesora de Teatro, Celeste Campos, le gustaba que estemos
en patas para que podamos sentir la textura de la madera del
escenario con nuestros pies, ¡Como disfrutaba eso! Sentir la madera,
con el piso rayado de tantos tacos de zapato que lo pisaron, algunas
lentejuelas o brillantinas que se escondían entre las uniones de las
tablas.
Una
noticia nos bombardeó, el teatro iba a ser devuelto a los dueños
originales, “La Vigil”. Era lo que correspondía, ya que ese
teatro quedo en manos de la provincia después de la dictadura
militar. Ese edificio era utilizado en esa época por los militares,
muchas veces los más viejos nos contaban historias horribles de ese
tiempo. Pero lo que más nos angustiaba en ese momento era perderlo,
era nuestra casa, y nos la iban a quitar.
En
los últimos años lo aproveche al máximo, iba martes, miércoles y
jueves, y me quedaba de tres de la tarde hasta las nueve de la noche,
era feliz en ese lugar. Crecí, jugué, lloré, reí, y tantas cosas
que uno no olvida de esos lugares que se convierten en hogar.
Recuerdo
con lágrimas esa última función, parecía un tango, nostálgico,
fue una despedida bella, emotiva, pero dolorosa.
Hoy
paso todos los días por esa esquina, y siento que el lugar no es el
mismo, ya no se siente el mismo olor, le falta algo. Pero, como dice
Fito, “hay recuerdos que no voy a olvidar”, y siempre estarán en
mi corazón como ese, que fue mi hogar y tenía piso de madera.
Virginia Lottero
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