domingo, 23 de noviembre de 2014

“Hogar con piso de madera”

Recuerdo que hacia frio, porque llevaba una bufanda, iba en el colectivo 133, del lado de los asientos dobles. Pasábamos por la esquina de Alem y Gaboto de la ciudad de rosario, mire por la ventana y vi algo extraordinariamente bello.

Yo tenía 13 años, y ese mismo día fui corriendo hacia los brazos de mi papá para decirle: “Papi, quiero hacer teatro”. Después de varios “chamuyos” de cuan positivo iba a ser, que haría amigos nuevos, que siempre me había gustado, pude convencerlo y accedió.
Unas semanas más tarde, acompañada de mi mamá arranco la travesura. El teatro “Saulo Benavente” era enorme, por lo menos para mí, desde afuera se podía ver todo el hall de entrada (ya que sus paredes del frente son todas de vidrio) bien iluminado y con paredes gastadas color beige. Entramos y nos recibió una mujer vieja, un poco chueca, de cara extraña, de pelo morocho con mechones de colores violeta y verde. Su nombre era Gladys Temporelli, y era la directora del Teatro. Me invito a entrar a la sala.
Cuando se abrió la puerta, sentí un pequeño enamoramiento. Un escenario imponente te recibía; en el piso una alfombra color azul bastante gastada, con algunos chicles pegados que se notaba eran de varios años, las butacas color bordó, también gastadas.
Empecé con clases de teatro y luego me sume a comedia musical. Distintos profesores pasaban por allí, de puesta en escena, de danza, de canto, todos muy simpáticos y con alguna característica que te invitaban a imitarlos, alguna mueca, una voz rara, la forma de pararse, hacía a todos sacar su creatividad a ver quién ganaba el concurso del día al mejor imitador.
Éramos muchos alumnos, y todos los años se sumaban muchos más. Había de muchas edades. Siempre me tocaba entrar a alguna clase justo después del turno de los más pequeños, ¡Siempre había olor a pata! Si, a nuestra profesora de Teatro, Celeste Campos, le gustaba que estemos en patas para que podamos sentir la textura de la madera del escenario con nuestros pies, ¡Como disfrutaba eso! Sentir la madera, con el piso rayado de tantos tacos de zapato que lo pisaron, algunas lentejuelas o brillantinas que se escondían entre las uniones de las tablas.
Una noticia nos bombardeó, el teatro iba a ser devuelto a los dueños originales, “La Vigil”. Era lo que correspondía, ya que ese teatro quedo en manos de la provincia después de la dictadura militar. Ese edificio era utilizado en esa época por los militares, muchas veces los más viejos nos contaban historias horribles de ese tiempo. Pero lo que más nos angustiaba en ese momento era perderlo, era nuestra casa, y nos la iban a quitar.
En los últimos años lo aproveche al máximo, iba martes, miércoles y jueves, y me quedaba de tres de la tarde hasta las nueve de la noche, era feliz en ese lugar. Crecí, jugué, lloré, reí, y tantas cosas que uno no olvida de esos lugares que se convierten en hogar.
Recuerdo con lágrimas esa última función, parecía un tango, nostálgico, fue una despedida bella, emotiva, pero dolorosa.

Hoy paso todos los días por esa esquina, y siento que el lugar no es el mismo, ya no se siente el mismo olor, le falta algo. Pero, como dice Fito, “hay recuerdos que no voy a olvidar”, y siempre estarán en mi corazón como ese, que fue mi hogar y tenía piso de madera. 
Virginia Lottero

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